Piensas que “exageras”.
Que deberías “aprender a que las cosas no te afecten tanto”.
Normal, también te lo han dicho.
Pero por mucho que lo intentas, tu intensidad no se va.
Captas hasta el más mínimo detalle sin esfuerzo.
Un sonido que otros ni registran.
Una mueca que casi ni se ve.
Y el barullo de la puerta de un instituto se siente como subirse a una montaña rusa sin agarre de seguridad.
La realidad es que tu manera de sentir no es el problema.
El problema es no tener un sistema que te apoye ni sostenga para todo lo que sientes.
Entonces tu sentir te lleva fácilmente a abrumarte.
Ese gesto que se queda grabado en tu mente.
Te quedas analizando las cosas hasta que ya no puedes más.
Pero, en contra de lo que te han dicho, la cosa no va de “calmarte” o de “tomarte las cosas de otra manera”.
Se trata de entender que tu manera de percibir es fina.
Con generosa profundidad.
Y de poder manejar todo lo que te llega.
Porque tu sensibilidad no es debilidad, solo que se convierte en un reto cuando no sabes qué hacer con lo que te expresa.
Cuando no la entiendes.
Cuando peleas porque sea más suave.
Y es que sin un mapa, esa información puede jugar en tu contra y dejarte agotada y confundida.
Pero déjame decirte algo: