Hay mañanas que ya empiezan mal.
Te despiertas y estás agotada.
No has hecho nada… pero tu cuerpo ya está en tensión.
Y no es estrés.
No es cansancio.
Es algo más profundo. Algo que no sabes nombrar, pero tu cuerpo lleva años intentando mostrarte.
Pero como nadie te lo ha explicado, piensas que es culpa tuya.
Tu cabeza no para: lo que se te olvidó, lo que deberías haber dicho distinto, lo que te espera hoy.
Y mientras, tu cuerpo… o va acelerado sin rumbo, o directamente está apagado.
Como si por dentro se hubiera desconectado algo.
Y entonces llega esa pregunta que flota en tu mente desde hace años:
¿Por qué me afecta todo tanto?
La respuesta es clara.
Porque no todo el mundo siente tanto como tú.
Y tú no eres “todo el mundo”.
Eres una persona altamente sensible, con un sistema nervioso que ha aprendido a sobrevivir como ha podido: hiperalerta, agotado, sobrecargado.
Y no estás siendo dramática.
Estás intentando funcionar con un cuerpo que lleva mucho tiempo en modo supervivencia.
Y claro que quieres estar bien.